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miércoles, 24 de abril de 2013

Julia

Leticia es alumna de 4ºB. Nos ha regalado esta intrigante historia -ilustrada por Andrés Sánchez Marcos. ¡No os la perdáis!

JULIA

Lo que en principio iban a ser unos días de relax en una escapada rural se convirtieron en una experiencia que marcaría mi vida para siempre.
Harta de trabajar, del estrés y del ruido de la ciudad, decidí vivir una experiencia durante unos días en una excursión de estas en las que conoces a gente, haces meditación y relajación. Fui sola, me apetecía, sentía la necesidad de desconectar del mundo, mi mundo.
El lugar era increíble. Dos casas en el corazón de un bosque totalmente cerrado. Las casas eran muy austeras. Un salón con una chimenea y utensilios para cocinar y habitaciones con literas. Seríamos unas sesenta personas en total, dividiéndonos en dos grupos. A mí me adjudicaron el grupo “Coníferas”; el otro, “Helechos”.
Mi desconexión empezó desde el principio y en realidad ni preguntaba ni exigía ni hacía nada de forma voluntaria. Me dijeron cuál era mi habitación, la número 3. Más que un dormitorio era en realidad un pasillo con dos perchas y una cama litera. Me quedé con la cama de abajo, no me gustan las alturas. Al rato apareció mi compañera de habitación, Julia, muy seria, introvertida y huidiza.
Pasamos la primera noche, y al despertar miré hacia arriba y vi la mano de Julia fuera de la cama, sucia y goteando. Me sorprendió, me fijé mejor y, en efecto, estaba llena de tierra, con las uñas completamente abiertas, ensangrentadas. La desperté y dije: -Julia, ¿qué te ha pasado en las manos? Ella puso cara de sorpresa; pero lo cierto es que tampoco la noté alarmada. Le pregunté - ¿No te preocupa? Ella me dijo que era sonámbula y a veces se despertaba y como estábamos en el bosque, era posible que se hubiese caído o algo así.
Francamente, me parecía una chica muy extraña. Al día siguiente volvió a sucederle lo mismo. Yo estaba muy intrigada, pero simplemente le dije –Vuelves a tener las manos sucias y ensangrentadas… No me contestó esta vez.
La verdad es que luego no la veía durante el día, no participaba en los juegos, por lo que me quedé extrañada y pregunté a otra compañera de equipo. Esta me comentó que faltaban camas en los “Helechos” y una o dos participantes dormían en el nuestro. Supe, pues, que Julia era una de ellas.
La siguiente noche yo seguía intrigada y no pegaba ojo. Entonces, en mitad de la noche, Julia se levantó y salió de la habitación. Yo la seguí, se adentró en el bosque. Estaba muerta de miedo, pero mi morbo superaba cualquier otra sensación y dejé de seguirla. Al rato, se agachó y empezó a escarbar en la tierra como si fuese un animal. Era francamente increíble la velocidad y la ferocidad que usaba.
Lo que ocurrió después no se ha borrado de mi mente jamás y me perturba todas las noches. Julia sacó un cadáver de la tierra y comenzó a morderlo y a devorar uno de sus brazos. Grité y salí corriendo. Ella me siguió y yo notaba sus pisadas cerca de mí, pero no miré atrás en ningún momento. Seguí corriendo, pidiendo auxilio, hasta que de repente el monitor me frenó en seco y me dijo… -¿Qué te ocurre? Entre el llanto, yo intentaba balbucear lo que había sucedido. Él me pidió que me calmase. Me dio un tranquilizante con un poco de agua y me acompañó a la habitación, que estaba vacía.
El calmante que me dio me dejó completamente dormida. Al día siguiente, Julia no estaba en la cama.
Corriendo, fui a hablar con el monitor y empecé a preguntar de manera insistente. -¿Julia? ¿Dónde está Julia? ¿Qué ha ocurrido? Él me apartó del grupo y me dijo que me calmase, que asustaría al resto de la gente. No hay ninguna Julia en el grupo –comentó. -¡No puede ser! Era mi compañera de habitación. Entonces él cambió su cara y dijo: –Tú nunca has tenido compañera de habitación. Me derrumbé -¡Imposible, no puede ser, no puede ser!
Volví a casa en autobús. No hablé con nadie y lo cierto es que la gente me miraba como si estuviese loca. Poco tiempo después fui al psiquiatra y me dijo que en estado de estrés, cuando sales de tu círculo habitual, se pueden sufrir alucinaciones y brotes. Me recetó unas pastillas y aún sigo teniendo pesadillas todas las noches. No volví a hablar del tema hasta hoy que escribo estas letras porque me he levantado con mis manos llenas de tierra y mis uñas ensangrentadas y no sé qué hacer…

Leticia Macías Núñez