Cabecera

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domingo, 19 de enero de 2014

Textos creativos

Omar Carrillo Mayorga, alumno de 4º B, nos ha dejado estos textos: el primero, la descripción subjetiva y literaria de una habitación; la segunda, unos versos en los que reflexiona sobre la vida y la muerte y, por último, una preciosa historia de desamor.

Mi habitación

Al entrar en mi habitación se percibe cierto cambio en el ambiente; algo más de temperatura con respecto a las otras instalaciones de un piso no muy grande. Quizás esto sea así dado el tamaño de la habitación que roza lo ridículo, pero es suficiente si no se tiende a coleccionar objetos sin ningún valor más allá del económico. En mi habitación habita lo imprescindible, lo necesario, y por ello adquiere cierta vida, pues todo lo que hay en ella guarda cierta valía para su propietario; todo es utilizado prácticamente a diario: nada sobra.
Al abrir la puerta lo primero que se observa es la cama, pues es lo que hay inmediatamente delante de ésta, apenas la separan un par de pasos; está orientada hacia la ventana, situada a la izquierda de la entrada. La venta va a dar a la galería, son unas vistas envidiables; la romanza de la lavadora recuerda el sutil romper de las olas. Bajo la ventana está situada una mesa algo tosca y de difícil manejo, pero no más que su tardío y enrevesado montaje; de ahí que las ruedas de ésta sean una mera decoración inservible.
Entre la mesa y la puerta de la habitación se halla galante un armario de dos puertas imitación de algún hermano mayor suyo de indudable mayor calidad. En su interior gran cantidad de perchas con prendas sujetas a ellas luchan por un mísero espacio dentro del ya de por sí minúsculo ropero. Bajo éste varios pares de zapatos conviven en dulce armonía.


Mi frontera

En esta noche de lluvia, fría,
Con los pies congelados, triste,
Que hice todo lo que estuvo en mi mano y ahora… un moribundo entre las calles
Y ahora moriré entre arbustos y flores que ya no están a las que
El destino les auguró lo mismo que a mí depara
Pero yo siempre fui dueño y señor de mí mismo, en mis sueños: mi vida
Que me da igual lo que hagan y digan que mi paz no alteran
De tantas dudas que no fueron resueltas
Y ¿qué será de mi cadáver?
Será profanado como mi alma, ya corrupta
Los demás fueron débiles y se rindieron
Que se pudran en su vida, que ya apestan… y señor ya no respira
Y he de decir que los odio por no ser como yo
Por ser esclavos
Por estar sumidos en esta enfermedad llamada vida
Por ser humanos
Que yo seré realmente libre en mi muerte, mi amiga, compañera
Que yo viviré cuando ella me estreche la mano
Y lloraré hasta dejar que mi corazón lata
Pero volverá a latir, en otro cuerpo y otra vida
La vida perfecta

Soluciones fáciles del ciudadano medio

Permanecía en el suelo frente a la ducha, había procurado salir con cuidado, pero resbaló en el último momento cayendo contra el lavabo y provocando así que permaneciera inconsciente durante su traslado.
Despertó en su cama con suma debilidad y grandes dolores en pecho y espalda. Oyó la voz de su marido y pronunció su nombre con voz débil.
–Rodrigo –dijo.
Y Rodrigo abrió la puerta lentamente, la miró y no pronunció palabra alguna. Esbozó una sonrisa y se sentó a su lado. La miró fijamente acariciando su pelo, sus manos estaban frías. Marisa se estremeció y cerró los ojos, durmiéndose así.
Eran las tres de la mañana y entreabrió los ojos dándose cuenta de esta forma de que estaba maniatada y con un trapo en la boca tras terminar de despertarse.
Rodrigo entró en la habitación con un plato de lentejas aún calientes y obligó a una Marisa desganada a comer.
Se oyó cómo tocaban a la puerta y él bajó con suma tranquilidad –era un hombre muy paciente. Tan paciente que fue capaz de soportar durante años los desvaríos, siempre acompañados de gritos, de Marisa.
La puerta fue abierta a manos de Rodrigo; era su vecina, una mujer muy entrometida. Le recordó a Rodrigo que hoy era día de chicas –algo que él siempre había considerado patético cuanto menos ya que tanto ella como su mujer superaban los cincuenta años.
La invitó a pasar y se tomaron un café en la sala de estar, le comentó que su mujer no se encontraba bien y que necesitaba descansar. A Rosa siempre le había atraído Rodrigo, desde que Marisa y él contrajeron matrimonio no había podido dejar de pensar en alguna forma de librarse de ella. Rodrigo era un hombre inteligente y era consciente de que Rosa sentía algo por él; para él cualquier mujer sería mejor que Marisa a la que describía como una mujer histérica y manipuladora.
Cuando la vecina entrometida se marchó a su casa –a, sin duda, contarle a su hermana que había estado en casa de los Pérez – Rodrigo fue al garaje.
Un pensamiento oscuro inundó lo que en su día fue una mente maravillosa, en el sótano se hallaba una vieja moto que llevaba allí desde que se mudaron a esa casa, aún funcionaba y marchó con ella durante quilómetros hasta llegar a una vieja cabaña en el bosque.
Estuvo allí toda la noche pensando en qué iba a hacer con su mujer y llegó a una conclusión: debía abandonarla.
Por la mañana fue a la que estaba cerca de ser su antigua casa, hizo las maletas, desató a su mujer y se fue sin dar ninguna explicación, tal y como había planeado la noche anterior.

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