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miércoles, 7 de mayo de 2014

Premios concursos literarios

Como sabéis, nuestro centro, ha convocado dos concursos literarios: uno de poesía y otro de relatos breves. En ambos, la participació de los alumnos ha sido satisfactoria. El jurado ha fallado los premios y estos han sido los resultados:

CONCURSO DE POESÍA:
Primer premio: Víctor Manuel Jiménez Andrada
Segundo premio: Mª Soledad García Garrido

CONCURSO DE RELATOS BREVES:
Primer premio: Mª Soledad García Garrido
Segundo premio: desierto

Desde aquí, nuestra enhorabuena a ambos autores, que nos han hecho disfrutar con sus magníficos textos.
Os los dejamos aquí.

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Víctor Manuel Jiménez Andrada, alumno del club de lectura de nuestro centro, consiguió el primer premio del concurso literario de poesía convocado por el Departamento de Actividades Complementarias y Extraescolares con esta poesía:

Biblioteca


Ahora que la tarde se derrumba
en el soliloquio de mis ojos,
cuando parece que la punta del dardo
yerra en la diana de la carne,
detengo la arena de los relojes
para respirar hondo
el aroma que desprenden
esos anaqueles.

Palabras que no traicionan
aguardando, como Lázaro en su tumba,
que la mirada del resucitador
se pose sobre ellas.
Es entonces cuando surge
el verdadero hechizo
que nos hace levitar
más allá de los muros.

Las páginas se transforman
en las alas del Pegaso
que salvó a un tal Bukowski,
y a tantos otros,
y que me salvarán a mí
de estas cadenas de ignorancia
que me llagan los tobillos.

Palabras que no traicionan,
atemporales y eternas,
custodiadas en este templo
de dioses inmortales.

Afuera la noche canta su preludio,
pero yo estoy muy lejos:
viajo sobre una nube de letras
más allá de mí.
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En el mismo concurso, participó la alumna del curso de escritura Mª Soledad García Garrido, ganadora del segundo premio:

¿Y si se extinguieran las palabras?


Si se extinguieran las palabras, ¿desaparecerías tú?
Brisas, cruces, calle, azul,
Sílabas silenciadas,
Verbos atemporales,
Besos a media luz.
Si se extinguieran las palabras, ¿dónde iría su significado?
Amor, ¿dónde tus declaraciones?
¿Dónde los calificativos?
¿Dónde mis tibios susurros?
Si se extinguieran las palabras,
Sábanas, dulce, a contraluz,
Solo en ese caso,
¿Continuaríamos este sueño
Que disfrutamos en plenitud?
Diptongos, caricias,
Hiatos, fantasías,
Vocales sin compañía.
Si se extinguieran las palabras,
Como el deseo en la senectud,
Rogaría en última instancia
Un monosílabo por compasión.
Si se extinguieran las palabras,
Solo si se extinguieran,
Si se acabaran,
Solo eso,
Amor.
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Primer premio concurso literario de relatos breves convocado por el Centro de Adultos (Departamento de Actividades Complementarias y Extraescolares)

Roger y la muerte


Días atrás, Roger había arrimado el camastro a la ventana. Notaba que las fuerzas y las ganas comenzaban a disiparse y que el aire gélido que se colaba por las maderas mal ensambladas le hacían bien. Parecía como si la corriente atravesase el cristal y le refrescara el rostro, ardiente por una fiebre que, si bien no le inhabilitaba, le tenía exhausto.
La primavera venidera cambiaría las tablas del suelo, resquebrajadas por los cambios de temperatura que se producían en esa casa orientada al norte. No era miedoso, acostumbrado a vivir solo media vida; pero los ruidos que producían el piso y las vigas de madera le enervaban bastante últimamente.
Roger nunca había necesitado de ninguna mujer que cumpliera con los quehaceres domésticos. Trabajaba en una agencia de seguros hasta el mediodía y después contaba con todo el tiempo del mundo para poner orden en su casa. Lo cierto era que en la pila del fregadero nunca se habían amontonado tantos platos y tazas, y el cesto de la ropa sucia acumulaba tanto sudor de las últimas calenturas que Roger se levantó como pudo con el ánimo de adecentar un poco todo aquello.
Abandonó con lentitud el calor de las sábanas de hilo, todas de su madre, y se encajó las zapatillas de andar por casa renqueando. Erguido, un frío que le recorrió toda la columna le hizo trastabillar, provocando que cayera a plomo contra la cómoda.
Del golpe, el cristal de un retrato en sepia que le mostraba con tres o cuatro años, agarrado a una silla de enea, se hizo añicos. Fue entonces cuando su vida hizo de nuevo crac. Se arrastró como pudo y llegó a la cama. Le sangraba la sien izquierda, pero un dulce aletargamiento le invadió el cuerpo y ya solo pudo arroparse con cierta torpeza. De repente, todo se apagó.
Toc, toc.
Toc, toc.
- ¿Quién llama con tanta obstinación? – susurró Roger.
- La inevitable –escuchó el moribundo, mientras una ráfaga de aire frío se colaba por el umbral de la puerta-. Vengo a pactar contigo.
La mecedora que tantas veces había acompañado a Roger en sus lecturas, emprendió un suave balanceo y una figura de mujer comenzó a materializarse sobre ella. Lo etéreo se hizo físico, lo invisible adquirió forma, el implacable tiempo inició su cuenta atrás.
- Llamas a mi puerta con insistencia, entras sin permiso y te sientas en mi butaca. ¿No te enseñaron modales?
- Los mismos que a ti –respondió la parca-. Si quieres me voy.
- ¿Qué asuntos tenemos tú y yo pendientes? – parecía como si Roger hubiera recuperado sus fuerzas, se veía preparado para luchar.
- De eso venía a hablarte. Te propongo un trato que te será ventajoso. Yo soy la Muerte, imagino que ya te habrás dado cuenta, y ya he entrado dentro de ti, pero te voy a dar la oportunidad de irme por donde he venido si me ofreces la vida de otra persona.
Roger se tanteó los brazos y la cara. ¿Se trataba de una absurda pesadilla? La fiebre había desaparecido y tenía la frente helada. Se acercó una mano al corazón y no latía.
- Soy joven aún –protestó el cadáver, más lívido cada segundo que transcurría.
- Tu padre tenía tu misma edad cuando murió, Roger, ¿acaso no lo recuerdas? ¿Has sido capaz de olvidarlo?
Roger se estremeció en la cama. Habían pasado muchos años, pero aquello era inolvidable. Su madre también murió el mismo día. Aunque le había resultado muy difícil salir adelante solo, lo había conseguido. Podía decir que, salvo aquel hecho aislado, se había convertido en un hombre de bien, como siempre le había pedido su madre. A su padre, prefería mantenerlo en el olvido.
Su vida a cambio de otra. Ese era el trato. Roger no quería morir, ¿quién quiere? Cerró los ojos y pensó que nadie merecía morir para que él viviera.
- Y a todo esto, ¿qué ganas tú?
- No lo comprenderías. Tranquilizar mi conciencia. Me he llevado por delante millones de niños inocentes, soldados que me suplicaban vivir, mujeres que dejaban niños desprotegidos… Como tu caso.
- Vete –replicó Roger con los ojos aún cerrados y dos lágrimas tibias que se resbalaban por el cuello ya rígido.
- Pero…
- Vete, déjame morir tranquilo. No me compensa aliviar tu conciencia y poner la mía en peligro. Sal de mi casa.
Así fue como la Muerte dejó la casa de Roger, asustada, incrédula. Millones de veces había propuesto el mismo acuerdo y nadie lo había rechazado. Se esfumó y, sin hacer ruido, se fue por donde había venido.
Roger se dio media vuelta en la cama, ahuecó la almohada y durmió plácidamente durante horas. Cuando despertó, se acordó de que tenía la loza sin fregar y toda la ropa sucia. Ni rastro de sangre en la cabeza.

María Soledad García Garrido (Alumna del taller de escritura)

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