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jueves, 6 de noviembre de 2014

De repente, un eclipse

Victoria Pelayo Rapado es autora de varias novelas, como Una amistad corriente y Los días mágicos. Además,  ha escrito cuentos distribuidos en distintos volúmenes, y ha publicado, en solitario, El roce (Rumorvisual, 2012), una antología cuyo elemento en común es el desencuentro.

Es alumna del club de lectura del Centro de Educación de Adultos y hoy trae para nosotros este precioso relato:

De repente, un eclipse

Se sentó, como solía hacer su padre cuando aún vivía, en la piedra lisa y plana que antaño colocaron en el centro del muro divisorio del jardín con el fin de que hiciera las veces de bancada. Desde allí contemplaba la mitad de su tierra, la otra mitad quedaba a sus espaldas. Las piedras, colocadas a hueso, formaban huecos en los que insectos, pajarillos, o incluso renacuajos encontraban un lugar fresco en el que resguardarse del abrasador sol. Un destello llamó su atención desde la parte baja y aunque se inclinó para mirar, lo hizo sin demasiada curiosidad. Un instante antes de verlo supo lo que ocultaban las piedras. Las gafas que su padre había perdido y que su gastada memoria impidió recordar dónde puso. A pesar de los esfuerzos de ese día y los siguientes, la búsqueda fue inútil. Cuidadosamente plegadas y con los lentes hacia arriba para no rayarse, aparecían ahora, cuando ya nadie las buscaba. Se arrodilló delante de la pared para contemplar con detenimiento el hueco elegido por el viejo. Quizá su padre, aquel día, viera alguna hierbaja y quiso arrancarla, quizá se agachara para remover la tierra alrededor de un árbol o quizá recogiera unas manzanas caídas, uno o dos segundos solamente, los suficientes para olvidar enseguida dónde las había dejado. Alargó la mano para tomarlas con tanta delicadeza como si fueran frágiles y pudieran romperse, sabiendo que sus huellas se mezclaban con las otras huellas, que nunca más volverían a impregnar ningún objeto. Las abrió y, en un acto de puro instinto, cerró los ojos mientras deslizaba las patillas por sus sienes. Tal vez porque los lentes eran demasiado gruesos o porque las lágrimas le anegaban los ojos, cuando los abrió, le sorprendió la oscuridad del mediodía.

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