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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Encuentro literario con Gonzalo Hidalgo Bayal

 

"Un hombre se baja en una estación a tomar un café, tras asegurarse de que el tren no partirá hasta que lo indique el interventor. Sin embargo, una simple confusión lo deja en tierra, sin dinero, sin equipaje, sin documentos de identidad, sin nada. A partir de ese momento resulta lógico lo que le acontece. Sin recursos, obligado a buscar comida para calmar el hambre y a encontrar un lugar para dormir, el viajero pide ayuda, en vano, en las dos instancias que pueden ofrecerla, esto es, el ayuntamiento y la iglesia, y vaga por la ciudad mientras espera la llegada de un nuevo tren que lo saque de allí".
(Eugenio Fuentes, "Perder el tren").
 
Esta es la historia de Paradoja del interventor, que tanto nos ha fascinado a los componentes de los clubes de lectura de nuestro centro. Un relato que nos deja en el aire miles de preguntas como estas:
"¿Quién es el viajero, cómo se llama? ¿De dónde venía, adónde iba? ¿Qué fin perseguía su viaje, quién marcó su itinerario, por qué subió al tren? ¿Está tan solo que no tiene a nadie que venga a buscarlo?"
Así que, de la misma forma que disfrutamos con su lectura, hemos tenido la oportunidad de disfrutar ahora con las palabras de su autor, con el que nos hemos "encontrado" en el Centro de Educación de Adultos.
Paradoja del interventor es un texto que no deja a nadie indiferente. Su historia parece, en principio, sencilla. Sin embargo, acaba resultando extraordinariamente compleja y el lector se preguntará, página tras página, adónde nos llevará, qué desenlace le espera a este extraordinario personaje. Y todo esto unido a la magnífica prosa que caracteriza a su autor, con sus múltiples referencias literarias que nos pasean por los textos de Calderón, Camus, la Biblia o Kafka, entre otros, y con sus pequeñas historias intercaladas al modo cervantino, con extraordinaria precisión y con personajes logrados que podrían convertirse, a su vez, en protagonistas de su propia historia.


Esta es la reflexión que sobre esta novela nos regala Eugenio Fuentes:

PERDER EL TREN


Ahora ya el AVE y los actuales trenes de alta velocidad llevan servicio de cafetería o máquinas expendedoras de bebidas, pero antes no era tan infrecuente que alguien perdiera el tren al bajarse en una estación para comprar una botella de agua o para tomar un café o comer algo. Quien más quien menos conoce a una persona a quien le ha sucedido algo así.

   También le sucede al protagonista de ‘Paradoja del interventor’, la extraordinaria novela de Gonzalo Hidalgo Bayal: un hombre se baja en una estación a tomar un café, tras asegurarse de que el tren no partirá hasta que lo indique el interventor. Sin embargo, una simple confusión lo deja en tierra, sin dinero, sin equipaje, sin documentos de identidad, sin nada. A partir de ese momento resulta lógico lo que le acontece. Sin recursos, obligado a buscar comida para calmar el hambre y a encontrar un lugar para dormir, el viajero pide ayuda, en vano, en las dos instancias que pueden ofrecerla, esto es, el ayuntamiento y la iglesia, y vaga por la ciudad mientras espera la llegada de un nuevo tren que lo saque de allí. Lo que no tiene lógica es el marco dentro del cual sucede la historia: ¿Quién es el viajero, cómo se llama? ¿De dónde venía, adónde iba? ¿Qué fin perseguía su viaje, quién marcó su itinerario, por qué subió al tren? ¿Está tan solo que no tiene a nadie que venga a buscarlo?
   Los lectores, establecida la conexión emocional con el personaje y enfrascados en la peripecia de su supervivencia, tardamos un poco en darnos cuenta de que estas son las preguntas importantes de la historia. Sin apenas darnos cuenta hemos entrado en el aparente absurdo, hemos aceptado sus leyes y premisas, de modo que su desarrollo nos parece coherente. Es la misma técnica de las novelas de Kafka. En ‘La metamorfosis’, Gregorio Samsa se despierta una mañana convertido en un espantoso insecto. Si aceptamos ese hecho irreal, luego resultan coherentes las demás manifestaciones del protagonista, que coma en un plato o se mueva con naturalidad por su habitación o hable con su familia. Con esa subversión, Kafka expresa lo que no lograba con los recursos narrativos tradicionales, es decir, que cualquier ser humano se ha sentido en algún momento de la vida como una cucaracha, hundido en las sombras, escondiéndose por los rincones, ajeno al mundo y a sus semejantes.
   Y como en Kafka, también la novela de Gonzalo Hidalgo Bayal revela esas realidades subterráneas y genera preguntas desde el relato de un viajero que pierde un tren y se ve envuelto en una pesadilla de la que no puede escapar.
   La novela ofrece otros posibles significados. ¿Por qué no pensar, también, que es una parábola de la vida del hombre? Nos sueltan en el hormiguero del mundo sin que sepamos quién o qué nos envía, ni para qué, ni de dónde venimos, ni adónde vamos, ni quiénes somos en realidad. Y aquí abajo nos vemos obligados a hacernos un hueco mientras nos vamos encontrando con la complicidad de un camarero o de un vendedor de barquillos, con la compasión de una churrera que nos ofrece una rueda de churros, con la vigilancia y el recelo de los custodios de la seguridad, con la charla de un visionario, con unos mecánicos burlones o con la agresividad de los integristas, todos ellos personajes sin nombre.
   Un interventor, según el DRAE, es una persona que toma decisiones, que controla y vigila. Sin embargo -y de ahí la paradoja del título-, el protagonista de la novela es todo lo contrario a ese cargo. Alejado de cualquier centro de poder, no manda sobre nadie, es el último de la fila. Y a pesar de todo, a medida que va descendiendo en la escala social, se va elevando moralmente ante los ojos del lector. En ese trayecto, el llamado interventor va perdiendo los referentes de la realidad para entrar en una especie de sueño poblado de sombras, en un viaje hacia la nada. No es sorprendente, pues, que la última palabra del libro sea ‘espantapájaros’, es decir, la imagen de una figura hueca, vacía de contenido, puesto que el interventor ha desaparecido dejándonos únicamente una botella con un mensaje dentro, del mismo modo que los náufragos envían un mensaje de ayuda que, a la postre, nadie lee.
   A este ambiente de desasosiego contribuye también el anonimato de una ciudad que parece haber quedado fuera del tiempo, donde un barquillero sigue en el mismo lugar que viene ocupando desde hace décadas y donde un cine sigue proyectando una y otra vez la misma película.
   Solo los mejores libros, los que plantean preguntas trascendentes, soportan una segunda o una tercera lectura. Mientras esas preguntas no tengan respuesta, el libro sigue vivo, no envejece, no nos suena conocido. Esta novela de Gonzalo Hidalgo Bayal es tan sustancial porque en cada revisión sigue ofreciendo nuevos significados.
   Ahora mismo, envueltos en una crisis económica que no existía en el momento de su publicación, en algunos lectores también despierta interpretaciones sociales al reflejar el aumento de los desarraigados, de la mendicidad, de tanta gente que ha perdido el tren y vaga por las calles sin sitio y sin techo y sin recursos.   

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