Cabecera

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jueves, 12 de marzo de 2015

Ni más más ni más menos

Os voy a contar un poco la vida de mi madre, pues creo que bien merece la pena. Si estuviese aquí, se llevaría ambas manos a la cabeza y diría: “¡¡¡Yo!!! ¡Pero muchacha, si yo no sé hacer nada, si yo no sirvo para nada!”. No conozco a nadie menos vanidoso que mi madre.
Nació hace 86 años en Alía, un pueblo al lado de Guadalupe, y es la mayor de sus hermanos. Es una mujer analfabeta, aunque tuvo el coraje de aprender a leer y escribir cuando se jubiló. ¡Está claro que a mi madre no se le resiste nada!

Nunca fue a la escuela, porque cuando estalló la guerra civil tenía 7 años. Tiempos difíciles, porque el frente de Guadalupe estaba a las puertas y una noche tuvieron que salir corriendo campo a través hasta que llegaron a un pueblo de Ciudad Real, donde estuvieron refugiados. Pero eso es ya otra historia...
Acabada la guerra y de vuelta, había que sobrevivir, así que le tocó trabajar en el campo: de sol a sol, con pañuelo a la cabeza y sombrero de paja encima, y para los brazos, ¡camisa de manga larga!
Se casó a los 23 y con 25 años, recién nacida yo, emigramos con mi padre a Madrid. La primera vivienda la recuerdo vagamente: un patio comunitario al que daban muchas puertas, la fuente a la bajada de la calle y las tapias del cementerio muy cerca. Mis recuerdos de la segunda casa son más nítidos: un piso semisótano de alquiler, ¡que se inundaba en cuanto llovía un poco más de la cuenta! Allí nacieron mis dos hermanos y allí se quedó mi madre viuda con 31 años.
Así que hubo que echar mano de los abuelos, que vivían en el pueblo, porque ella se tuvo que poner a trabajar: limpiaba unas oficinas y servía por horas en un casa. Lo primero que tuvo que aprender fue a moverse por Madrid, a coger tranvías, metro y autobuses, ya que siempre había dependido de mi padre para eso. Tuvo que espabilar, ¡y vaya si lo hizo!
Pasaron 3 años y mis abuelos tuvieron que ir a Francia a bautizar a una nieta, porque mi tío se empeñó y cuando por fin se decidieron, la niña ya andaba. Una vez allí, se confabularon todos mis tíos para reclamar a mi madre, que quedaba sola en Madrid. Se dejó convencer con la promesa de una vida mejor y de volver en cuanto hubiese ahorrado lo suficiente para comprar un piso. Así que comenzó a desmontar la casa, vendió todo lo que pudo y empezó a tramitar todo el papeleo. Ahí arranca su odisea: ¿¿se imaginan lo que es deshacerse de toda una vida y volver a empezar??
Fue un viaje larguísimo y caluroso de un mes de julio. Recuerdo el paso de la frontera como una pesadilla: miles de personas cargando con maletas y bultos. Se avanzaba paso a paso, en filas ordenadas y parando continuamente. Mi hermano de 3 años llevaba un pequeño melón bajo el brazo, mi hermana una caja bien atada con medicinas, y yo otra caja con un montón de bocadillos y provisiones para todo el viaje. Mi madre parecía una gitana, pues llevaba una caja grande apoyada en la cadera (“al cuadril”, como dice ella) y se ayudaba de un mandil sujeto a la cintura (con uno de los picos podía sujetar mejor aquel bulto).
Nos tenía que esperar en la frontera uno de mis tíos. Le había escrito yo por carta diciéndole la fecha de nuestra partida, pero con esa sola información, ¡¡llevaba ya dos días esperándonos!! Y, madre mía, qué grande era aquella estación, cuánta gente, cuántos trenes... fue un milagro que diera con nosotros. Y cuando nos vio llegar con aquellas pintas, pensó: “¡¡Tierra, trágame!!”. Pero no crean que mi madre iba apurada o asustada; ¡qué va! Iba tan tranquila y confiada, ya que según ella, como llevaba la dirección en el remite de una carta, si no aparecía mi tío o si nos perdíamos, ¡pues ya nos llevarían a esas señas! Ya saben, la audacia de la ignorancia...
En fin, el caso es que llegamos a nuestro destino, un pueblecito de Alsacia, al noreste de Francia y muy cerca de Suiza y Alemania. Allí había una fábrica textil donde se empleó mi madre. Los dueños proporcionaban la vivienda a sus empleados, así que en ese sentido no hubo problema. Pero a mi madre le costó sudor y lágrimas aprender a manejar aquellas larguísimas máquinas que ¡se paraban cada vez que se le rompía el hilo de unas enormes bobinas! Lo consiguió con la ayuda de otros compañeros españoles y la benevolencia de los contramaestres.
Los pequeños nos integramos muy bien en el colegio. No había distinciones entre nosotros: nos trataban con total normalidad. Para los mayores, sin embargo, fue más duro, porque nunca consiguieron hablar francés; sólo algunas palabras sueltas a las que le sacaban mucho partido, ¡sobre todo a la hora de hacer la compra! Siempre recurrían a los niños para otros asuntos.
Y así pasaron volando los siete años más tranquilos de nuestras vidas.
Cuando a mi abuelo le llegó la edad de la la jubilación, yo estaba a punto de cumplir 17 años y como el objetivo de comprar piso ya se había logrado, empezaron a pensar en la vuelta... que desde luego fue más sencilla que la ida.
Cuando llegamos a Madrid, mi madre encontró trabajo de limpiadora en Renfe, pero después de unos meses se colocó en El corte Inglés, también en la limpieza. Todavía la recuerdan las vendedoras como “la señora Felisa”, ¡la única que no las regañaba cuando entraban a fumarse un cigarrillo en los baños todavía húmedos y pisaban el suelo recién fregado!
Allí estuvo hasta que se jubiló: fue entonces cuando decidió aprender a leer y escribir.
Es una mujer con una fuerza de voluntad que para mí quisiera yo. No conoce la pereza y no deja nunca para mañana lo que puede hacer hoy. Yo creo que es una mujer inteligente, porque quien consigue adaptarse y sobrevivir lo es. Para finalizar, quiero dejarles algunas expresiones que sigue usando, para mi gran bochorno: “Salir a la uña”, “no hay tío páseme Vd. el río”, “estás más loco que la jaca de los títeres”, “estoy esguarramillá” (o “eschambarilá”)... y desde luego, para ella no es suficiente decir “ni más, ni menos”, para ella siempre es: “ni más, más; ni más, menos”.
¡Qué grande es mi madre!
Con motivo del Día Internacional de la mujer (año 2015)
Amalia Yelmo Galán

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