Cabecera

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jueves, 21 de mayo de 2015

Un futuro oscuro


La habitación, completamente en penumbra, olía a humedad mezclada con un dulzor añejo a pachuli y sándalo. Cuando me senté en la silla, la madera crujió como preludio de lo que debía pasar en la sala momentos más tarde. La pitonisa tapaba la bola de cristal con una gasa de color morado que otorgaba a la sala un aspecto todavía más lúgubre. Mientras se concentraba en su labor de comunicarse con mis muertos, emitía unos suaves sonidos parecidos al ulular de una lechuza.


Dudé no pocas veces en soltar el billete de cincuenta euros sobre la camilla, dar las buenas tardes y retirarme, pero una carta del tarot me miraba fijamente y me impedía levantar las piernas del suelo, a pesar de que me temblaban involuntariamente. No sé si la imagen se refería a mí o al anterior cliente, pero la muerte cabalgando a caballo, con la puesta de sol al fondo, me mantenía anclada a la silla. El número trece que identificaba a la carta me obsesionaba. Me había perseguido a lo largo de mi puta vida, guiando mis pasos hasta donde me encontraba entonces: nací un trece de enero con una nevada espantosa (Dios tenga en su gloria a mi pobre madre, a quien no conocí porque murió en mi parto), trece navajazos me asestó el desgraciado que me asaltó cuando solo contaba con trece tristes años, trece hijos tuve —no sé bien si de trece padres diferentes—, trece veces fracasé, aunque otras tantas me levanté... Desesperada, acudí a la adivina obsesionada con el panfleto que había encontrado atrapado en el limpiaparabrisas de mi coche días atrás (no sé cuántos): se trataba de una pedazo de papel fotocopiado hasta la saciedad, burdamente recortado con unas tijeras, en el que Carmen Vidal se ofrecía, debajo de unas letras doradas donde se leía “Tarot y Videncia”, a adivinarte el futuro en una consulta personalísima.
La vidente seguía con sus ruidos guturales al mismo tiempo que hacía bailar el pedazo de tela sobre la bola donde iba a leer mi destino. A ratos, asustada, se me escapaba una risita nerviosa, pero la mirada de aquellos ojos dementes me congelaba los labios, de tal suerte que no era capaz de soltar ninguna mueca en minutos, hasta que mi propia excitación me relajaba el gesto y sonreía de nuevo.
Desde un rincón de la pequeña estancia se alzaba un humo negro proveniente de siete velas que velaban el grabado de un santo que, aunque me parecía conocido, bien podía ser cualquiera, porque tampoco frecuenté mucho ni el colegio ni las iglesias. Solo notaba que me iba faltando el aire, como si la pitonisa se lo estuviera llevando a bocados y me llegara a pequeñas ráfagas en cuanto ella agitaba las mangas de su blusa de seda.
—Te vas a quedar sola, muy sola. —Esas fueron las primeras palabras que me dedicó una vez que posó las manos de uñas largas, larguísimas, sobre el cristal. ¡Menuda revelación! Para ese viaje no necesitaba alforjas. Llevaba sola trece meses (¿¡otra vez!?), pero un vecino me había comentado que Manuel había salido ya de la cárcel y que andaba merodeando por el barrio.
—¿Sola? Pero ¿sola, sola? No entiendo bien. —Yo solo quería que aquella mujer que lucía un turbante de vivos colores me confirmara que lo que decía era cierto.
—No temas, no temas a los muertos, querida. Tus muertos no han de volver. —Aquella bobada le salió de carrerilla, como si acudiera a su boca con cualquiera que tuviera delante. ¿Quién le había dicho a aquella farsante que yo temía a los muertos? En manos de Manuel la quería yo ver.
—No se preocupe, temer, temer... ¿Ve claro mi futuro? Cuénteme, por favor.
La pitonisa se levantó casi en trance y elevó los brazos sobre su cabeza. Aunque medía casi igual de pie que sentada, sus movimientos enajenados, su rostro fuera de sí me lanzaron hacia atrás de la silla.
—¡Ayuda, ayuda! —gritaba fuera de control. Se agarró con violencia el pañuelo que cubría su cabeza y se lo arrancó, dejando al aire cuatro pelos desgreñados.
Yo nunca había participado del rito de la adivinación y sospeché que mi misión era permanecer callada, a la espera de que alguna señal del más allá se manifestara en la sala, algo como una voz en off, luces extrañas, velas que se apagaran o encendieran solas, alguna fuerza insólita que se agitara dentro de la bola.
—¡Me muero, ayuda! —“Qué tremendista”, pensé. Mi vida no daba para mucho, pero no creo que predecirme un futuro negro diera tanto juego.
De pronto, la adivina comenzó a girar los ojos desgobernados, y a sacar y meter la lengua. Yo noté que otra vez los inoportunos nervios me iban a provocar la risa y me vi de repente lanzando carcajadas, totalmente trastornada. La mujer se golpeaba el corazón, primero con las manos y después con todo lo que tenía a su alcance. Hasta que todo pasó. Un estertor profundo acabó con ella, que cayó al suelo con gran estruendo.
Al principio no comprendí nada. Esperé unos segundos a que se levantara y me contara por fin si Manuel regresaba o no a casa, si volvían de nuevo las palizas. Al ver que no reaccionaba, me agaché y comprobé que estaba muerta. ¡Qué desgracia! Entre los dedos apretaba la maldita carta del tarot.
Saqué la cartera y puse el billete encima de la mesa. Al fin y al cabo, la mujer había intentado predecir mi futuro. Salí con cuidado, tratando de dejar el mínimo rastro posible, casi de puntillas. Con la mano ya sobre el pomo de la puerta, retrocedí y rescaté mi billete. En un reloj cercano sonaron trece campanadas. O eso fue lo que me pareció, claro.
Soledad García Garrido

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