Cabecera

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jueves, 26 de mayo de 2016

Por Woody

Sustraigo un par de monedas de dos euros de la caja registradora. Llevo días queriendo ver la última de Woody Allen en los multicines y si no me doy prisa, se me escapa, porque la van a retirar pronto de la cartelera. Miro alrededor con los dedos todavía en el cajón. Lola, la encargada, repasa la fecha de caducidad de los productos colocados en los estantes más próximos a la puerta de la tienda. Un niño disfrazado de pirata con una espada de goma espuma corre de un pasillo a otro. No sé bien con quién ha venido. Solo dos personas más pueblan el establecimiento: en la sección de lácteos, un chico de unos veinte años; en la de higiene personal, una mujer bastante mayor, de unos cincuenta.

Durante las últimas semanas me he dedicado a sisar monedas pequeñas, menudillo: hoy, un euro; mañana, cincuenta céntimos… A Lola nunca le cuadran las cuentas, pero tampoco le da demasiada importancia, porque, entre lo que dejan algunos clientes sobre el mostrador y los líos que se hace el rato que se pone de cajera, resulta harto imposible que suceda. Ella no me lo dice, pero prefiere barrer y fregar el suelo, incluso sacar cajas del almacén, que manejar dinero. Comienza a ponerse nerviosa y no da pie con bola.

La mañana ha durado una eternidad. Las colas en la caja han llegado hasta el final del pasillo. Bueno, esa ha sido mi impresión. Lola, con ese despabilo que no sé de dónde saca, rellena las baldas de paquetes de tomate frito, frascos de mayonesa, latas de aceitunas, botellas de aceite, botes de champú. Repone y repone las cámaras frigoríficas de pizzas, piezas de queso, surtidos de ahumados… Resulta fantástico verla ir y venir con esa alegría por la tienda que, si no fuera sábado ya, después de seis días madrugando, podía llegar a contagiarme. En cambio yo, apoyado en el taburete, dando con el pie al pedal para que la cinta avance, pasando productos por el escáner, abriendo bolsas y metiendo los productos, cobrándolos, todo ello en mi metro cuadrado, no puedo con mi alma. A Dios gracias que los sábados por la tarde se cierra. Aún queda, a puerta cerrada ya, terminar de colocar la tienda para que el lunes a primera hora esté a punto.
He robado dos euros. Tampoco es tanto. Podía invitar a Lola al cine. Últimamente hemos hablado algo más. Aunque me lleva varios años, no está mal. Me gusta su forma de moverse, la manera de colocarse el uniforme cuando acaba una tarea y la sensación de que jamás suda. No sé qué colonia utiliza, no entiendo nada de perfumes, pero debe ser caro porque huele igual de bien a primera hora de la mañana que a última, como a polvos de talco. Tal vez no quiera venir, tampoco conozco sus planes. Si se lo pregunto, puede pensar que quiero algo con ella, que no digo yo que no, pero no quiero que se mosquee conmigo. Tal vez disimulando logre saber qué tiene pensado hacer esta tarde. Cuando nos quedemos solos colocando la tienda, la sondeo.
Woody Allen es el mayor de los genios. En las dos últimas que he visto de él me ha decepcionado un poco, pero las anteriores son soberbias. Creo que soy un incondicional de Mia Farrow. Claro que de justos es reconocer que Woody se ha pasado tres pueblos con ella. A cualquiera le puede suceder enamorarse de otra persona, está a la orden del día y portada de todas las revistas, pero, joder, de la hija de tu pareja no deja de ser rizar el rizo. No sé la cantidad de veces que he rebobinado Hannah y sus hermanas, ¡qué buen equipo! Seré de los últimos románticos que tiene el vídeo instalado, solo por el placer de verlos juntos.
No sé si a Lola le gustará. Tal vez prefiera ver una comedia romántica al uso o una de miedo. Espero que no elija de estas últimas, porque no me hacen ni pizca de gracia. Vi hace tres años la de Los otros y me encuentro con mi abuela en camisón por todos los rincones del piso, y eso que la pobre no se mueve de la cama. Por cierto, a ver si me acuerdo de llevarle una chocolatina de Toblerone, que le encantan.
Si me decido a invitar a Lola, debería coger algunas monedas más, por lo de las palomitas y las coca-colas. No sé si será de comer en el cine, pero no puedo ir con el dinero justo, por si acaso. Tengo todavía la caja abierta, con lo que me resulta muy fácil meter la mano y guardarme otro par de monedas. Lola continúa revisando las fechas, ahora de los yogures. Alguna vez me ha regalado un paquete para mi abuela, “están a punto de caducar, pero aguantan varios días en la nevera”, y no me ha parecido mal el detalle.
Se acerca a pagar el chico joven. Debe ser nuevo en el barrio, porque lleva una buena compra y no lo he visto antes por aquí.
—Setenta con cuarenta y cinco —le digo asépticamente. Nunca me gustó entrar en una tienda donde me diera cháchara el cajero y procuro aplicarme la copla. Solo a las mujeres mayores les suelto alguna broma cariñosa. Al parecer, el chico sigue la misma teoría que yo, porque ha guardado la compra y se ha despedido con un adiós breve mientras consultaba algún mensaje del móvil.
Deduzco, o mejor dicho, compruebo que el niño viene con la mujer mayor. En cuanto acabe de comprar, echamos el cierre y a colocar. Sigo pensando, aprovechando que la caja continúa abierta, que debería coger más para el cine. Quién me dice que después no salimos a cenar. Tengo algo ahorrado, pero prefiero no tirar de ahí, que con mi abuela nunca se sabe. Gasta en tabaco más que en comer, y su pensión se la lleva el piso. El mes pasado se dejó el gas abierto y se nos fue en un rato toda la botella de butano. Menos mal que la ventana de la cocina siempre está abierta, para que el gato entre y salga cuando quiera, que si no, la broma habría salido más cara.
Lola no va a notar si cojo cinco euros más o menos. En el peor de los casos, le digo que habrá sido un error en alguna cuenta y que lo repongo de la manera que me indique. Sé que acabará diciendo que no me preocupe, que todos nos equivocamos en un momento determinado. Levanto la pinza donde están atrapados los billetes y, mirando al tendido, pesco un billete de diez. En ese momento, noto cómo se me escapa la vida. Me acuerdo del Catecismo y su séptimo mandamiento. Siento una punzada en la espalda, un pinchazo por el que me tengo que estar desangrando. Me doy la vuelta y ahí está el niño, con su disfraz de pirata, su parche, su garfio y su espada de goma espuma:
—¡Te he matao! ¡Estás muerto!
Pálido del susto, suelto el billete en la caja y trato de sonreír. Veo a Lola que se acerca con el mismo brío de siempre, casi corriendo, colocándose la bata como solo ella sabe hacer.
—¿Dónde va el pirata malo? ¿Eres Jack Sparrow? —Mientras se dirige al niño, cierra de golpe la caja registradora con el ánimo de alcanzar mejor el bote de las piruletas— Toma, y no mates al único empleado que tengo hoy.
Lola vuelve a sus fechas y estantes, y el niño sale corriendo por los pasillos buscando a su abuela o lo que sea la señora que lo acompaña. Ya no sé qué hacer. Lola ha cerrado el cajón y hasta que no pague la mujer no debería volverlo a abrir. Tal vez a Lola no le guste el cine de Woody Allen y se decante más por el de aventuras. Parecía muy entregada al niño pirata. Si fuera solo, con lo de ayer y esta mañana tengo bastante.
—Quince con veinte. —Abro la caja para darle el cambio y el billete de diez sigue libre, atravesado en el apartado de las monedas— Que tenga buen día, señora. Adiós, granujete.
Lola me mira divertida, sabe que no suelo tener ninguna empatía con los niños. Mientras despido a esta última clienta, hago un gurruño con el billete y me lo reservo en la mano. Salgo para cerrar la puerta de la tienda por dentro y de camino me guardo mi botín en el bolsillo.
—¡Lola! ¡Cojo un par de toblerones! ¡Pongo el dinero en la caja!—Dejo caer cuatro monedas de diez céntimos desde lo alto, para que suenen bien.
Realmente estoy cansado. Me encanta Woody Allen, pero es que las dos últimas… No sé, no acabo de encajarlas. Esas nuevas musas no me acaban de convencer. Creo que esta noche va a ser de maratón. Voy a enchufar el vídeo y de una sentada van a caer tres o cuatro. ¡Ah, es que Mia Farrow está tan bonita en Hannah! 
Soledad García Garrido

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