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lunes, 13 de junio de 2016

El viaje de vuelta

Juan José Molano
Segundo Premio Concurso de relatos breves
Modalidad: Enseñanzas Formales

Fue un enorme alivio para él cuando sintió los pequeños granitos de arena bajo sus pies. Llevaba ya más de dos horas deambulando, sin saber ni dónde ir, pisando asfalto y piedras con los pies descalzos, ya ensangrentados. Hacía dos años y medio que no pisaba aquella playa, hacía mucho tiempo que no pisaba ninguna.
Le sobrevino un infinito sentimiento de culpabilidad, impotencia, tristeza, mientras avanzaba hacia las pequeñas olas que rompían suavemente y dejaban tras de sí una ligera capa de espuma sucia y ennegrecida.
Ahora que se iba acercando al agua cada vez más y más, le escocía cada llaga de sus pies, como si unas agujas como cuchillos se le fueran introduciendo en su cuerpo, en lo más profundo de su ser. Pero dentro tenía otro dolor mucho más profundo, más terrible, que no era capaz de ahuyentar, de apartar de su mente.
Hacía dos años que encontró una especie de trabajo, no muy remunerado, eso era cierto. Trabajando en el almacén de un supermercado, colocando la mercancía que descargaban los camiones, consiguió, con mucho sacrificio, el suficiente dinero para pagar el “pasaje” para su mujer Teby u su pequeña de tres años, Marie, de la que apenas recordaba nada.
Un brillo ambarino descendió lentamente por su mejilla derecha.
Un brillo ambarino, alimentado por el no muy cálido pero rojizo sol de las primeras horas de la mañana.
Miró con sus borrosos y húmedos ojos hacia abajo, hacia sus pies. No había apenas contraste entre el tono de su piel y el de la volcánica arena de aquella playa canaria.

No podía prácticamente con el peso de su cuerpo, le parecía lo más pesado del mundo en ese momento.

Se adentró en las templadas aguas con bastante esfuerzo, pero se dio cuenta de que los pies ya no le dolían. El salitre marino había hecho bien su trabajo. También se percató al instante de que el mar estaba muy calmado, como si fuera una balsa de aceite.
- Buen día para nadar hasta cansarse – pensó.
Introdujo su cuerpo en el agua y comenzó a dar brazadas. Una tras otra. Una tras otra. Hasta que no pudo más y se paró en medio del océano, en cualquier punto entre las Islas Canarias y el continente africano. No veía nada de tierra.
Dejó su cuerpo caer hacia abajo inerte, hacia las profundidades del mar.
El sentimiento de culpa que arrastraba estos días pesaba más que su propio cuerpo, ese sentimiento era el que le hacía hundirse cada vez más.
Ya apenas veía nada, ya apenas veía claridad, ni tan siquiera la luz de la superficie. Todo empezaba a ser negrura e infinita oscuridad.
Toda esa oscuridad que ahora sí contrastaba con los tonos malvas, rosáceos y claros del Lac Retba, como él lo conocía. De ese lago rosado de su querido Senegal. De ese lago donde aprendió a nadar, a extraer la sal con una pala y una barca, junto a su padre y sus hermanos mayores. De ese lago donde aprendió a subsistir.
Ahora, toda esa oscuridad lo envolvía y sentía que llegaba el momento. Ahora veía el Lac Retba, con toda claridad, con toda nitidez, tanto que podía albergar su atormentada mente.
Ahora se veía nuevamente en el lago donde aprendió a vivir. Ahora era el lago donde aprendería a morir.
Pensó nuevamente en su pequeña Marie y su mujer Teby. Estaban sonriéndole junto a la orilla. Él, a golpe de remo, llegaba junto a ellas. Llegaba con su barca a la tierra que le vio nacer. Llegaba con una barca llena de sal, para que se pudiera vender en los supermercados del primer mundo. Había vuelto a casa. Había vuelto, para no irse nunca.

Juan José Molano

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