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jueves, 9 de junio de 2016

La noche te llama

Rubén Noel Trujillo Marcos
Primer premio Concurso de relatos breves
Modalidad: Enseñanzas Formales

La ciudad se vestía de gala durante varios días mientras, a orillas de la luna, los campesinos realizaban rituales primaverales de fecundación de la tierra con la esperanza de obtener una buena cosecha.
Pero yo no me encontraba entre ellos aquella última noche de festividad en la comarca. Oculta entre los árboles, me impacientaba la tardanza del apuesto galán que me pretendía y por el que sentía una atracción inexplicable. Su nota decía que era su alma la que quería verme en las oscuras alamedas y allí estaba, convertida en una sombra más entre las sombras alargadas y anchurosas, aguardando y temblando como un animalillo herido por el frío aire nocturno que, sin embargo, acariciaba extrañamente todo mi cuerpo con suaves y desconocidas ondulaciones.

Esperaba con ansiedad oír la música de su voz vibrante y modulada, llena de una tenebrosa y enigmática melancolía que, al recordarla, paralizaba al instante, una tras otra, todas mis iniciativas de escapar del misterioso joven que alguien me había presentado solo dos días antes.
- ¡Estás aquí!

Su voz grave y aguda a la vez me sobresaltó. Antes de girarme, vi cómo las estrellas y los pájaros huían de repente.
- ¡Pensaba que ya no vendrías! – le reproché, mientras me miraba palidísimo- ¿Para qué quieres mi alma?
La noche oscureció más. Sus manos agarraron con fuerza las mías y oí cómo gemían sus uñas cuando me acercó a él. Quise entonces desprenderme de ellas, pero ya era demasiado tarde: dos hilitos de sangre bajaban por mi cuello mientras aquel vampiro me besaba con sus labios sangrientos. Su aliento frío me cubrió enteramente de nieve y no pude moverme en mucho rato... Estaba como hipnotizada y solo deseaba besarle apasionadamente y cristalizar en sus ojos profundos con un rumor de cristales rotos.
- ¿Sabes cuál es el peor de los males que ha asolado a la humanidad durante siglos? – susurró en mi mejilla.
Y entonces ocurrió. Y entonces lo entendí todo. Y entonces nos amamos por encima de todo y de todos. Y entonces nos abrazamos mientras con destreza, y bajo el aullido de los lobos, me atravesaba la garganta con un largo junco de seda. Y, aunque no podía distinguir lo real de lo que no lo era, mi amor o deseo fatídico por aquel espíritu insatisfecho, que me desgarraba entre la maleza, se hacía por momentos más palpable e irresistible.
- La Bestia ha caminado durante siglos con vosotros, los humanos, con la piel hermosa de la eternidad para daros a los “elegidos” una nueva vida sin término, y yo ahora soy uno de ellos y estoy hambriento de ti, mi adorada, y quiero gozarte siempre bajo mi capa de acero... porque soy un esclavo que te adora desde el día en que, por primera vez, me dejaste penetrar en tus sueños... y he perseguido desde entonces, por tierra y mares de ceniza, tu rostro fragante de rosas ausentes de ti porque aún no me conocías.
Escuchaba su confesión sin miedo en aquella noche admirable en que, tumbada a su lado, me sentía totalmente a salvo.
- Pero la inmortalidad resulta cara y no se alcanza sin sacrificio... La fuente de la eterna juventud se nutre de olas estancadas que reclaman cada noche la sangre inocente y nueva de hombres, mujeres, y niños muertos... Ahora que te he encontrado, amada mía, ya me perteneces, y serán tus manos y tus dientes los que devoren la soledad y el dolor eterno de mi alma.
Yo ya no sentía frío, sino calor... El fuego de la pasión que nos embargaba recorría mi cuerpo hasta dejarlo sin aliento y aquel hombre, ángel o demonio, agitó sobre mí sus alas afiladas y consumó violentamente su macabra danza.
El hombre del cigarrillo que la había escuchado hasta ese momento sin pronunciar palabra alguna, hizo ademán de levantarse y salir corriendo. Pero ya era demasiado tarde. Con los ojos inyectados en sangre y con voz ensordecida, la hermosa mujer que lo había citado, en la solitaria alameda, concluyó así su relato:
- Ausente de ti, amado mío, la mañana ya no querrá venir para que tú no te vayas.
Y entonces ágilmente, y con gracia exquisita y fuerte, se abalanzó sobre él con aire de tormenta.
De este modo me contaron que ocurrieron los hechos narrados, una semana antes de ser encontrada muerta (por una pareja que paseaba por las orillas del bosque) con una espina de rosa, ensangrentada, clavada en mi garganta.

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